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domingo, 4 de noviembre de 2012

La renovada vida de Sonia Sullivan

Sonia Sullivan creaba una grata impresión al conocerla por primera vez.

Era una señora corpulenta, que superaba los sesenta y tantos y de unos ochenta y cinco kilos ( Tengo los huesos grandes, solía decir). Con carnes blandas, no acostumbradas a ningún tipo de ejercicio más allá del caminar a secas, era capaz de desplegar sonrisas sinceras, que calaban hondo en los demás.

Su pelo lo llevaba impecablemente peinado de peluquería (Hay que cuidarse hija, que si no se cuida una...,  relataba con convencimiento, siempre que alguna le refiriera lo apañada que iba) y vestía ropa algo anticuada, pero inmaculada de manchas o arrugas. Desprendía un aroma suave a ternura con toques de lavanda.

Sonia Sullivan, un martes de abril, vió un anuncio en el periódico local de su ciudad que le llamó la atención. Se daban clases de póker en un club social, dos tardes a la semana. Para aquel entonces, ya había decidido que iba a empezar en serio a dedicar su tiempo a relacionarse con nuevas personas, ya que las telenovelas la estaban consumiendo por dentro.

Sin pensárselo dos veces, en ese mismo día llamó por teléfono al club para inscribirse y se acercó al centro para pagar sus primeros veinte euros mensuales, regalando una sonrisa de triunfal satisfacción a un chico adolescente, que estaba haciendo de cajero para pagarse unas vacaciones en Tarifa con sus colegas y que fue completamente indiferente al gesto.

Foto: Jeff Prieb en Stock.XCHNG


Las clases empezaban al día siguiente. Esa tarde al fin, después de años de condena, no habría telenovela. Hizo un gesto de sorpresa cuando descubrió que los primeros compañeros de mesa se llamaban Juan Alfredo, Félix Norberto y Victoria Juana, pero no dijo nada. Se limitó a dejar a un lado su minúsculo bolsito y acoplarse lo mejor que pudo en la silla, moviendo su enorme trasero de izquierda a derecha.

Sonia Sullivan había llevado siempre una vida insípida y estaba dispuesta a cambiarla costara lo que costara. Quería hacer cosas, muchas, todas las que pudiera. Entre carta y carta contó que tenía dos hijos que hacía ya tiempo volaron del nido. Uno vivía en Australia, donde tenía un criadero de pollos australianos y el otro se había ido a probar fortuna a Beijing, donde había abierto un restaurante español especializado en paellas de gato que estaba revolucionando el barrio.

--Apenas les veo,-- decía mientras intentaba concentrarse en sus cartas. --Después de todo lo que hace una por sus hijos... en fin, así es la vida, supongo. Estoy orgullosa de lo bien que les están yendo las cosas, eso sí...--terminaba, mientras el resto solamente asentía, dándole la razón.

La vida de los demás había sido mucho más diferente. Juan Alfredo fue representante de una marca de máquinas de coser. Lo que más le gustaba de su trabajo eran las puntadas perfectas que daban sus máquinas y los viajes profesionales que él transformaba en particulares, por toda la geografía nacional, sin ningún tipo de control por nadie, menos aún por su mujer. Estaba ya jubilado y había enviudado hacía diez años. Ahora en sus tempranos setenta años, agotaba las posibilidades de encontrar a alguien que estuviera a la altura de sus expectativas, las cuales se reducían básicamente a cuidarle la casa y cuidarle a él, sin tener que pagar por ello.

--Mi hija me ha hecho una cuenta en no sé qué Tic, pero yo no lo entiendo -- explicaba moviendo la cabeza de un lado a otro --, así que es ella la que se mete en la cuenta y selecciona.  La que quita y pone, vamos.

--Ahhhhh-- contestaba el resto al unísono, sin tener ni la menor idea de lo que hablaba.

--Queda primero con ellas, para darme el visto bueno. Ya ha hecho buenas migas con algunas.Yo espero que me diga...

Félix Norberto era un sexagenario exiliado cubano que llevaba viviendo en España unos cuarenta años. Con pocas energías, aún soñaba con poder volver a casa. En su cara aún se marcaban los rastros de una belleza masculina antigua, extinta ya.

Victoria Juana era su mujer. Se conocieron en una sala de bailes, hacía años, donde Félix Norberto acudía por las noches para ganarse el pan con movimientos de cadena obscenos. Su facilidad para la danza era una droga para las damas, que sucumbían como colegialas y pagaban sus favores con lo que pudieran. Él no había sido muy exigente en este punto. Se vendía igualmente tanto por un pollo asado que por un cuba libre. Otras veces conseguía más y sus extasiadas damas pagaban algunas monedas por clases particulares y privadas de baile en sus apartamentos. Eso le ayudó a subsistir  en sus primeros años en Madrid y a ir tirando hasta que Victoria Juana se colara en su vida. Desde entonces, nunca se separaba de él más allá de lo estrictamente necesario.


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