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sábado, 10 de noviembre de 2012

9. Algo raro está pasando.

Lunes, 11 de noviembre de 2013.

Son las 4 de la tarde y estoy en casa, escribiendo en un bloc, con todas las persianas bajadas y con mucho miedo.  No he ido a trabajar por décima vez, aunque no soy la única y no creo que ya importe.

Hace mucho, mucho tiempo que no he tenido la fuerza necesaria para escribir nada. Supongo que todos estos días he estado esperando que, de alguna forma milagrosa, las cosas volvieran a la normalidad. Pero no han vuelto.

Desde aquel primer aviso, todo ha ido de mal en peor. Lo que empezó como un caos absoluto en la ciudad por falta de suministro eléctrico, se ha ido convirtiendo en una pesadilla con el paso de los días.


El primer fogonazo dejó la ciudad sin electricidad, aunque el corte fue relativamente corto. Si mal no recuerdo, solo unas 24 horas. Eso fue suficiente para que, de inmediato, empezaran a salir estadísticas absurdas sobre el coste económico que había acarreado. Menuda memez. Aún tengo la imagen en mi cabeza de la panda de políticos de uno y otro lado, comentando, tranquilizando, intentando justificar lo injustificable.  Después de eso, tuvimos una relativa calma durante unos días. Esos días hubieran sido más que suficientes para organizar la evacuación, pero no tuvieron el coraje de decirnos nada. Siempre me quedará la duda de si en la soledad de sus casas, no les corroen los remordimientos.....


El segundo fogonazo fue más intenso que el primero. Fue un sábado y a mi me pilló en casa de mi madre. Gracias al cielo, estábamos todos dentro, comiendo. Ese día, no sólo hubo cortes eléctricos... Más adelante nos enteramos de que había afectado a toda la penísula, excepto a algunas zonas del cantábrico. Hubo siete accidentes aéreos. Mil cuatrocientas veintisiete víctimas mortales en total. Once aviones más perdieron completamente el rumbo y estos tuvieron suerte de poder aterrizar  en destinos a los que no se dirigían.


Pero lo peor les sucedió a todos aquellos que en el momento de la segunda explosión estaban fuera, descubiertos. Miles de personas con quemaduras de primer y segundo grado, así como casos graves de ceguera colapsaron los hospitales. Los primeros datos, de los que nos fuimos enterando como pudimos, hablaban de otro centenar de muertos.

Camiones del ejército empezaron a recorrer las calles de la ciudad y por altavoces dieron las primeras órdenes de permanecer en casa hasta que no se supiera más de las consecuencias de estas tormentas. De esto hace ya diez días. Ahí empezó el verdadero pánico.


 


                                                                                          Foto: Michal Zacharzewski en Stock.XCHNG

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